lunes, septiembre 17, 2012

Artabria

Posted by Artabroan on lunes, septiembre 17, 2012 | No comments

La ciudad mostraba al extranjero un aspecto amenazante con sus imponentes murallas y torres que se alzaban sobre la llanura. Justo en el lado opuesto a la puerta, el puerto ofrecía abrigo a los navegantes, y brindaba a los locales la posibilidad del comercio o de escapar si la ciudad se les quedaba pequeña.
La pequeña pero disciplinada flota de la ciudad, había conseguido burlar mil y un bloqueos a lo largo de la historia, transportando a aquellos que, por una razón u otro habían decidido huir. Aunque nunca se iban del todo. Sus ojos se inundaban con lágrimas de nostalgia cada vez que un recuerdo de la bella Artabria volvía a su cabeza. Como ahora, como siempre.
No hacía mucho, dentro de las murallas, había mercado a diario y los balcones y ventanas aparecían adornados de banderines y pendones en brillantes y vivos colores confeccionados en lujosos tejidos, la mayoría de ellos traídos a la ciudad desde mercados de Oriente por ricos mercaderes.
La ciudad tenía siempre un aspecto jovial y divertido. El floreciente puerto y las fértiles tierras colindantes, contribuían a su optimismo característico. Los habitantes, generosos y abiertos, se entremezclaban con los venidos del extranjero, asimilando sus culturas y ciencia, regalando a la ciudad un mestizaje enriquecedor,  que fomentaba el desarrollo de los científicos y artistas locales.
Pero eso era el pasado, un floreciente pero lejano pasado. Los nuevos modelos habían acabado con el puerto, favoreciendo a las grandes urbes de alrededor. Estas se habían adaptado mejor a la modernidad, tejiendo una extensa red de colaboradores que, con alguna argucia, habían redireccionado la llegada y salida de mercancía a los puertos exteriores. Primaba más la cantidad de transacciones que la calidad y calidez de los honrados comerciantes ártabros.
El abrigo que la ría había proporcionado a lo largo de los siglos a todo aquel que lo quiso y se acercó, independientemente de su origen, cultura, nacionalidad ó religión, parece que ya no era necesario.
Aquellos que continuaban con su actividad lo hacían por romanticismo y vieja camaradería  fruto de muchos años de nobleza y trabajo conjunto. El nexo era el amor a las bellas tierras de alrededor, y la honradez y sencillez con que sus pobladores entendían la vida. Con el tiempo, las relaciones comerciales se transformaban en estrechas relaciones de amistad sincera e inquebrantable, mantenidas generación tras generación por los hijos de los hijos de los hijos de los primeros pobladores.
Ahora la muralla no resultaba tan imponente, ni la ciudad tan amenazante. Ya no había mercado  a diario. Los pendones colgaban rasgados y descoloridos, acartonados por el paso del tiempo y la falta de recursos para reponerlos. Pero sus gentes conservaban esa calidez y hospitalidad que la propia villa había inculcado a lo largo de los siglos a sus nacidos y moradores.
No había lujosos tejidos y, las calles que conducían al centro, contemplaban impávidas e impotentes como los talleres y tiendas que las poblaban siglos atrás, iban cerrando y como su población emigraba.
 Las viejas tabernas del puerto permanecían vacías y el bullicio de gaitas, tambores y guitarras había desaparecido. Las viejas canciones y leyendas marineras solo sonaban dentro de la cabeza de los viejos. Se contaba que alguien enamorado de estas historias, las había recopilado en un viejo libro. Pero nadie lo había visto. Aunque se insistía que el libro existía en el estante más recóndito de una de las viejas casas de la ciudad. La leyenda del libro de leyendas. Puede que la única leyenda que existirá en el futuro, pero que abrirá la puerta de las demás. Otra cápsula del tiempo.

Los edificios, lustrosos entonces, mostraban en la actualidad el color grisáceo de la decadencia. Y grietas. Grietas como las que se asomaban a las caras de los más ancianos del lugar y a las tierras en barbecho de la comarca.
La antaño pujante industria del astillero, que consiguió ganar fama mundial por la calidad de las naves fabricadas moría, o mejor dicho, era dejada morir. La competencia del lejano oriente, que producía mucho más barato y la nueva forma de entender el negocio, iba camino de ser  la estocada mortal. El impulso final para la desaparición de lo que la villa había significado.
De la época dorada solo quedaban dos de los castillos que guardaban la ría, testigos mudos del paso del tiempo, de la languidez y la lenta agonía de la urbe. Los castillos y el carácter indómito y orgulloso de sus gentes. Eran estas las que mantenían en pie a la ciudad ahora. Como ella, igual que una madre, había hecho con ellos  generación tras generación.
Solo ellos entendían la llamada de socorro de la villa. Les decía que quería resistirse a su desaparición, pero que sentía que no tenía fuerza suficiente para hacerlo sola.
Por ello y mientras les quedase una gota de sudor y un hálito de vida que entregar, y los niños y jóvenes se imbuyeran del carácter de la vieja ciudad, Artabria seguiría viva. Así lo habían aprendido.

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